Opinión

¿Por qué ganó Jair Bolsonaro en la primera vuelta presidencial de Brasil?

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Tal vez los primeros sorprendidos fueron los propios brasileños. Jair Bolsonaro no parecía ser rival para nadie, hasta hace apenas un par de meses. Su lugar preferencial en las encuestas se consideraba algo efímero, que solo duraría hasta que algún candidato serio le arrebatara el sitio. Su grosera visión de la democracia y su discurso prosaico no parecían tener la más mínima oportunidad de prosperar. Pero no fue así. ¿Qué pasó entonces?

En los días previos a los comicios presidenciales, Bolsonaro comenzó a subir en las preferencias de un amplio sector de electores. Cada nueva encuesta le sumaba más puntos. Cuando pasó del 31%, el gran capital y los sectores evangélicos se dieron cuenta de que quizás sí era posible ganarle a la izquierda en Brasil. Todos daban por hecho que los votos de Lula irían a parar rápidamente a manos de Fernando Haddad, pero los números estaban diciendo otra cosa. Como suele suceder, los poderosos son sensibles a esos cambios de tercio y actúan rápido.

De pronto las peligrosas declaraciones de Bolsonaro en contra de la democracia empezaron a verse menos graves de lo que son. Un mal menor, frente a la rutilante promesa de poner orden en un país donde todo parece estar de cabeza. Quizás muchos brasileños han comenzado a pensar que los derechos civiles son el precio que se debe pagar a cambio de una estabilidad a largo plazo. A su vez, los grandes dueños del capital tienen en Bolsonaro a un aliado de sus intereses.

Un fenómeno repetido

Lo que pasó con Jair Bolsonaro en Brasil no es tan desconcertante como pudiera parecer a primera vista. Más bien ratifica la eficacia de un esquema que ya ha sido probado. El miedo y el odio se han convertido en los resortes que con mayor contundencia mueven al electorado. Las redes sociales, con su omnipresencia y sus noticias falsas, han terminado por convertirse en el medio ideal para inocular pasiones y temores.

Lo había descubierto Goebbels y antes de él, Maquiavelo y antes de ellos quién sabe cuántos más. Las masas tienen comportamientos predecibles cuando se les adiestra para ello. El grueso de los votantes no piensa, sino que siente y se apasiona, en particular por aquello que le hace sentirse más poderoso y conjura sus temores. Algo así como Bolsonaro, cuyo discurso termina siendo creíble por ser básico y sin matices.

Es lo mismo que ocurrió en Estados Unidos con Donald Trump o con el uribismo en Colombia. En últimas, es el triunfo del cinismo. Este último solo florece en los climas en donde reina la angustia. Y la madre de la angustia es la incertidumbre. En esas condiciones, los discursos categóricos y baratos tienen su mejor mercado. Así es como los Bolsonaros, contra todo sentido común, terminan convirtiéndose en líderes de masas.

Un país políticamente atomizado

Desde el punto de vista geográfico, es claro que el país está dividido en dos. Todo el norte está con la izquierda, mientras que el sur es claramente de ultraderecha. En las elecciones de este 7 de octubre también se elegían dos terceras partes del legislativo. El resultado es que nunca antes el país había tenido un senado tan fragmentado. En total son 21 los partidos que obtuvieron escaños.

La gran sorpresa fue la derrota de Dilma Rousseff quien optaba a un escaño por el estado de Minas Gerais. Se quedó en el camino, después de haber liderado todas las encuestas en los últimos meses. Así mismo, sorprendió el fracaso del pastor evangélico Magno Malta, uno de los ungidos por Bolsonaro. Es claro que en Brasil hay varias realidades cabalgando paralelamente.

En la Cámara de Diputados el Partido de los Trabajadores se mantiene como primera fuerza, pero perdió 12 asientos en la corporación. El partido de Bolsonaro, en cambio, pasó de uno a 52 escaños. Un triunfo nada despreciable, que seguramente repercutirá con fuerza en la actividad del legislativo. De hecho, Eduardo Bolsonaro, hijo de Jair, se convirtió en el diputado más votado en toda la historia del país, con 1.843.735 votos.

Lo que viene

Todavía hay un Brasil que entiende la importancia de los valores democráticos y que sabe que todos los procesos sociales y políticos entrañan contradicciones, que no se resuelven de un plumazo con una salida autoritaria. Aunque buena parte de ese Brasil no está alineado con Fernando Haddad ni con el petismo, es probable que ahora den un giro. No será gratis. Las alianzas tendrán un precio, pero son el único boleto hacia un posible triunfo de la izquierda.

Jair Bolsonaro, por su parte, puede haber llegado a su techo electoral. El vertiginoso ascenso de las últimas semanas puede explicarse en función del voto útil. La derecha comprendió que, finalmente, si no era con Bolsonaro no llegarían muy lejos. Por eso se vio ese tránsito abrumador de votos para acompañar al ultraderechista. Sin embargo, es muy probable que ya toda la carne que tenía esté sobre el asador. Si acaso le queda algo por crecer, son unos cuantos puntos.

Fernando Haddad, en cambio, lleva tan solo un mes en campaña. Además, resulta previsible que los sectores democráticos se aglutinen en torno a él. La opción de Bolsonaro es impensable para toda la gama de progresistas.

Sin embargo, Haddad tendrá que enfrentarse a una dura paradoja: estar lo suficientemente cerca de Lula da Silva como para recoger integralmente los votos del PT; y estar lo suficientemente distanciado de Lula, como para no entorpecer la adherencia de sectores que están seriamente alejados del ex presidente. Como van las cosas, Bolsonaro ha comenzado la recta final con las mejores cartas.

(Fotos: Página 12, El Mundo, Cuatro)

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