Opinión

La Doctrina Estrada, el Grupo de Lima y la estrategia Manwaring en Venezuela

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Se supone que el Grupo de Lima existe porque la OEA no fue un escenario suficiente para lograr consensos en torno a la posición frente a Venezuela. En la reunión del pasado 4 de enero se comprobó que tampoco en ese flamante y mediático escenario había unanimidad. México dio un paso al costado, recordando los mejores tiempos de la llamada “Doctrina Estrada”.

Lo que también quedó claro es que el Grupo de Lima tiene una coincidencia exacta con la postura de Estados Unidos frente al país bolivariano. Para la mayoría de los analistas, no es una casualidad que ese conglomerado haya repetido casi literalmente lo que Mike Pompeo, Secretario de estado de los Estados Unidos, dijo en varios países durante su último recorrido por la región.

Nadie sabe exactamente por qué el Grupo de Lima pretende actuar como juez regional. Se creó única y exclusivamente para ocuparse conjuntamente del tema de Venezuela. Sucedió poco antes de las elecciones presidenciales en el país bolivariano. Ya era claro que el único objetivo que perseguía era impedir el retorno y el mantenimiento del régimen chavista en el poder. Pero, ¿qué tratado, convenio, legislación lo que sea, le otorga competencia para desconocer gobiernos? Ninguno.

La doble moral del Grupo de Lima

Aunque el Grupo de Lima hace frecuentes declaraciones a favor de la democracia y en contra de los regímenes dictatoriales, es claro que su razón de ser no tiene nada que ver con esos fines tan loables. Resulta más que evidente que tiene dos raseros en la mano: con uno miden a Venezuela y con el otro a los demás gobiernos.

Le tienen sin cuidado las evidencias de fraude electoral en Honduras. Tampoco hace ningún pronunciamiento en contra de las arbitrariedades del gobierno de Jimmy Morales en contra de las instituciones. Y menos le dedica una línea a la crisis institucional en Perú, o al asesinato sistemático de líderes sociales en Colombia.

Su interés es uno solo: aislar a Venezuela y justificar las acciones internacionales en su contra. El régimen de Nicolás Maduro es, sin duda alguna, oprobioso. Pero también lo son otros gobiernos de la región. Esa ceguera le quita legitimidad política y moral al Grupo de Lima y se suma a su falta de fundamento jurídico.

La Doctrina Estrada, una perspectiva diferente

México fue por mucho tiempo un refugio para miles de exiliados y perseguidos de todo el mundo. Uno de los más célebres fue Gabriel García Márquez, que salió huyendo de Colombia, su país, cuando un régimen antidemocrático pretendía aprenderlo. Así ocurrió con muchas otras figuras, de izquierda, de derecha y de centro. Pese a que gobernaba el inveterado PRI, el país azteca era un oasis de apertura en ese sentido.

Y así era porque la Doctrina Estrada primó desde 1930 hasta los albores del siglo XXI. Fue creación de Genaro Estrada, Secretario de Relaciones Exteriores en el gobierno de Pascual Ortiz Rubio. El principio básico de la misma es el de no pronunciarse sobre la legitimidad de un gobierno extranjero, especialmente cuando es fruto de un movimiento revolucionario.

Esta doctrina recogía los aprendizajes de la propia revolución mexicana. Con el tiempo, esta se afianzó y consolidó a México como un país respetuoso del derecho internacional, del derecho de autodeterminación y del principio de no intervención. Cuando ese país hizo una transición de gobiernos conservadores a gobiernos neoliberales, la doctrina Estrada quedó en el pasado. El 4 de octubre de 2019 fue retomada por el presidente Andrés Manuel López Obrador. Es un hecho trascendental que crea un precedente interesante en la actual coyuntura.

Los intereses geopolíticos en Venezuela

El senador ruso Ígor Morózov señaló recientemente que Estados Unidos tiene un plan cuidadosamente urdido para derrocar al actual gobierno venezolano. A su juicio, dicho plan se basa en las tesis del profesor Max Manwaring, titular del Instituto de Estudios Estratégicos del Ejército de los Estados Unidos. Según esas tesis, hay una estrategia de seis fases que son las siguientes:

  • Fase I. Desestabilización del gobierno, mediante guerra económica, resquebrajamiento institucional, desinformación y propaganda.
  • Fase II. Emergencia de un “un frente popular (político) de las clases medias” para contraponerse al régimen.
  • Fase III. Fomentar el conflicto regional, con acciones militares aisladas y graduales, para consolidar “áreas liberadas” dentro del Estado.
  • Fase IV. Violencia social, para generar una sensación de caos y de incompetencia.
  • Fase V. Desarrollo de milicias locales para luchar en áreas geográficas de interés.
  • Fase VI. Desmoralización del ejército del régimen e intervención de una fuerza militar multinacional.

Según Manwaring, menguar el bienestar social generado con la revolución bolivariana era fundamental para implementar toda la estrategia. Todo ello está consignado en el documento “Venezuela como exportador de la Guerra de Cuarta Generación”, de Max Manwaring. Esto mostraría que Estados Unidos tiene un interés estratégico en Venezuela y que el Grupo de Lima es una pieza en este plan. ¿Son conjeturas descabelladas de un senador ruso alejado de la realidad latinoamericana? Los hechos lo dirán.

(Fotos: Diario Octubre, Expansión, T13)

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