Opinión

Julian Assange: el punto de quiebre de la democracia

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La entrega de Julian Assange a las autoridades británicas es un hecho con graves consecuencias. Sin embargo, hay dos que representan un importante punto de quiebre en la historia. La primera es la ruptura con los principios del derecho internacional que amparan el asilo político. La segunda, una impresentable advertencia a todos los periodistas del mundo: el poder es el dueño de la libertad de prensa.

Desde que terminó la Segunda Guerra Mundial se habían instaurado una serie de principios, ratificados por varios pactos, para darle un marco razonable a las relaciones entre los países. Se consolidó un orden en el mundo, que estaba regido por el derecho internacional. Bien que mal, este se había respetado.

Así mismo, en todos los países de Occidente se aceptaba como válido el principio de la libertad de prensa. La función del periodismo es fundamentalmente informar a la sociedad sobre todo aquello que la involucre o le afecte. Todas las legislaciones de los países democráticos incluyen apartados para proteger la libertad de prensa. Sin embargo, el caso Assange ha demostrado que hay casos en los que esto es solo letra muerta.

Julian Assange, el secreto y la evidencia

En principio, todo lo que ocurra en el marco del poder, al menos en una democracia, debe ser de conocimiento público. Es claro que solo se exceptúa la información que ponga en riesgo la seguridad nacional. Lo que Julian Assange sacó a la luz pública y probó es que esto no se cumple. Los estados ocultan información significativa a los ciudadanos, por cálculos interesados.

A Assange le debemos el haber conocido sobre las torturas y las violaciones a los derechos humanos en la cárcel de Guantánamo y en las prisiones de Irak y Afganistán. También por él verificamos la participación de funcionarios estadounidenses en varios golpes de estado. Adicionalmente, nos enteramos de los sórdidos entramados de espionaje entre los gobiernos y de las actividades non sanctas de Hillary Clinton, entre otros.

Julian Assange encontró la forma de hacer públicos esos secretos que evidenciaban la hipocresía y el doble juego del poder en casi todos los países de Occidente. En sus manos, Internet era “El gran hermano” a la inversa. No solo los ciudadanos pueden ser monitoreados y expuestos, sino también los gobiernos y las figuras de poder.

Assange, el derecho internacional y los derechos humanos

Cuando Ecuador le otorgó el derecho de asilo a Julian Assange, implícitamente se acogía a todo el derecho internacional sobre la materia. Esto suponía respetar el principio de non-refoulement o no devolución. Dicho principio está consagrado en el artículo 33 de la Convención de Ginebra de 1951, en el apartado de Estatuto de los Refugiados. Dice así:

Ningún Estado Contratante podrá, por expulsión o devolución, poner en modo alguno a un refugiado en las fronteras de territorios donde su vida o su libertad peligre por causa de su raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social, o de sus opiniones políticas”.

A su vez, el Alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados señaló que el principio de no devolución tiene “el rango de norma perentoria del derecho internacional. En pocas palabras, a la luz del derecho internacional, el retiro del asilo político a Julian Assange y su entrega a las autoridades británicas es ilegal.

La libertad de prensa

Otra implicación, no menos grave, es el mensaje que se envía a la prensa mundial con este episodio. Pareciera que este es: existe libertad de prensa, siempre y cuando esta se pliegue a los intereses del poder. Aparentemente, no hay ley, ni lugar en el mundo en donde pueda hallar amparo quien se atreva a desafiar esos secretos del poder, tan convenientemente guardados.

Significa entonces que sin darnos cuenta a qué hora, el famoso “cuarto poder” quedó convertido en un adorno. Se le tolera siempre y cuando no ponga en riesgo las “verdades” oficiales, ni interfiera con el normal desenvolvimiento del statu quo. Finalmente solo es un apéndice para reproducir las matrices de opinión que el poder requiere. O un instrumento para entretener a las masas desconcertadas.

Internet, por su parte, que se promocionó a sí mismo como “el último bastión de la democracia”, terminó siendo un instrumento más al servicio de los grandes poderes mundiales. Osar, como osó Julian Assange, utilizarla de otra manera implica persecución, proscripción y censura. El bochornoso espectáculo de la detención de Assange muestra a las claras que existe el objetivo oculto de escarmentar a todos los defensores de la democracia y de la libertad de prensa en el mundo.

(Fotos: ABC, El Universal, Politicaya)

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