Opinión

Glifosato: ciencia sí, ideología no

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El uso de glifosato en Argentina ha despertado todo tipo de respuestas. Por un lado, los productores que defienden una de sus principales herramientas de trabajo, sobre la cual se sostiene el modelo productivo actual, y por el otro, los activistas que buscan a toda costa, alcanzar la prohibición del agroquímico. Aunque en los últimos meses, es este segundo grupo el que ha logrado presionar para que se avance en la prohibición del fitosanitario en diferentes municipalidades, la batalla aún no está ganada. Primero fue Rosario, luego Gualeguaychú y ahora, lentamente, asoma Misiones. Mientras los debates se disputan a nivel municipal, queda claro que no solo se necesita una regulación coordinada a nivel nacional, sino que también, se necesitan criterios claros. Es decir, criterios científicos y no ideológicos, como los que han ido apareciendo a lo largo del camino.

El glifosato es el agroquímico de mayor utilización a nivel mundial y juega un papel primordial en el sistema productivo de la Argentina. Desde hace más de 40 años, este agroquímico que hoy en día está libre de patente, lo que lo hace más económico, ha ayudado a los agricultores a aumentar su rendimiento. Además, su introducción ha contribuido al cambio del sistema, dejando atrás la labranza, para pasar a la siembra directa, que permite reducir la erosión del suelo y el uso de maquinaria. Lo que significa, un menor impacto ambiental. Teniendo en cuenta estos beneficios, aquellos que se oponen a la prohibición del glifosato, han llegado a estimar pérdidas millonarias, en caso de extenderse la restricción.

El caso de Rosario

En Argentina, el primer gran golpe para el glifosato llegó a fines de 2017. Justo cuando en la Unión Europea, celebraban un largo debate para esclarecer la seguridad del herbicida, en Rosario, cuna de la soja, decidieron a la ligera, proceder con la prohibición del agroquímico. La comparación entre ambos casos resultó evidente. Mientras en el viejo continente se respaldó la seguridad del glifosato, extendiendo por otros cinco años su autorización, en nuestro país, las presiones ideológicas primaron y dieron lugar al argumento de la prohibición. Dos resultados totalmente distintos, frente a un mismo problema. Aunque ojo, que la Unión Europea haya extendido la utilización del glifosato, no significa que Rosario hubiese tenido que seguir sus pasos. Sin embargo, el argumento no es ese. En Europa, la resolución llegó tras meses enteros de debate, alimentado por cientos de informes e investigaciones llevadas a cabo por diferentes instituciones reconocidas, para descartar cualquier tipo de daño que el herbicida pudiera causar en los seres humanos. Acá, el tono del debate, fue otro.

El nivel del debate llevado a cabo en Rosario marcó un precedente peligroso. La total desconsideración por la evidencia científica, que quedó desestimada en este caso por la ideología, marcó el camino de una seguidilla de ciudades, que replicaron, sin un profundo análisis, la actitud de los dirigentes rosarinos. Esta actitud, cuyas consecuencias ya han sido mencionadas, pone de manifiesto una tendencia hacia la consolidación de mitos, que se arraigan a la sociedad y que cuesta desestimar.

El glifosato es seguro

Los estudios científicos que probaron la seguridad del herbicida son varios. Tanto la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), como la Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas (ECHA), concluyeron que no existen vínculos entre el glifosato y el cáncer en seres humanos. Eso sí, muchos decidieron priorizar aquel estudio de la IARC, la agencia que se desprende de la Organización Mundial de la Salud de las Naciones Unidas, encargada de las investigaciones sobre el cáncer. Ya de por sí la agencia ha sido cuestionada en reiteradas oportunidades por la forma en que conduce sus investigaciones. Sin ir más lejos, en el caso del glifosato, la IARC procedió a marcar al herbicida como “probablemente cancerígeno” para los seres humanos, en base a “evidencia suficiente” desprendida de estudios realizados en animales. Aunque sus maniobras para llegar a dicha conclusión quedaron expuestas en una investigación de Reuters, que demostraba cómo la Agencia había editado el informe a su antojo, hasta establecer el vínculo entre el glifosato y el cáncer. Un punto que, evidentemente, los ambientalistas prefieren omitir.

Si bien estas investigaciones de organismos internacionales han concluido que el glifosato es seguro para la salud de los seres humanos, todavía existe un colectivo de ecologistas y líderes de opinión que no han podido priorizar la evidencia científica y siguen reclamando la prohibición total de esta herramienta de trabajo. No reclaman por la prohibición de los teléfonos celulares o del mate, que también han recibido advertencias por parte de la IARC, pero sí insisten en la prohibición del glifosato. Entonces queda preguntarse, qué es lo que mueve a estos grupos organizados, que desestiman todo tipo de evidencia científica y priorizan su causa, sin importar que la misma no cuente con ningún fundamento real. ¿Por qué se empeñan en prohibir el glifosato y difundir que el mismo provoca cáncer o malformaciones congénitas o intolerancia al gluten, si bien no existen pruebas al respecto? Esa es la gran pregunta que rodea a esta falsa preocupación, que resurge cada vez con más fuerza, a pesar de estar sostenida por intereses traslúcidos. Tampoco queda claro, a la vista de las contradicciones de los que se oponen al herbicida, por qué los productores defenderían con tanto énfasis al glifosato, siendo ellos mismos quienes están en contacto directo con el producto día tras día, si hubiera certezas de que él mismo sea perjudicial para la salud.

Este colectivo que aboga por la prohibición del glifosato no solo ignora todo tipo de estudio que demuestre la seguridad del glifosato, sino que además intenta esconder las terribles consecuencias que resultarían de la extensión de la restricción. Como, por ejemplo, la necesidad de buscar otras alternativas, menos eficaces, más costosas y lo más importante, con un mayor impacto para el medioambiente y cuyos efectos para la salud todavía no han sido explorados. Lo que, a su vez, afectaría la capacidad de producir. Un escenario desalentador, si se considera el constante crecimiento de la población y de la demanda. No se trata de evitar una elevación de los precios a expensas de la salud de las personas. Se trata de respetar las pruebas científicas y no insistir en prohibiciones absurdas que terminarían perjudicando no solo a los productores, sino a los ciudadanos, al exponerlos a alternativas perjudiciales para su salud.

(Fotos: Pixabay)

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