Opinión

El infortunio de un pueblo errante

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Claudia es maestra de secundaria en un colegio público de Bogotá. Dice que durante los dos últimos años han llegado muchos alumnos nuevos y que casi todos provienen de Venezuela. La mayoría no son buenos estudiantes. Se muestran inquietos, necios y no les interesa aprender. Cuando llaman a los padres para quejarse, estos tienen un método infalible para disciplinarlos. Les dicen que si siguen portándose mal, los devolverán a Venezuela.

Los colombianos son los que más fuertemente han recibido el impacto del éxodo venezolano. Para 2017 se estimaba que a ese país habían llegado unos 600.000 migrantes del país bolivariano. Ahora se cree que la cifra pudo haber sobrepasado el millón. La mayoría de ellos no se queda en el país. Al menos no se quedaba, porque ahora las cosas han cambiado.

El segundo destino más buscado por los venezolanos son los Estados Unidos. Después siguen España, Chile y Argentina. Por todo el continente americano ha comenzado a expandirse una ola xenofóbica contra ellos. Ayer, en Medellín, una joven subió a un autobús a vender dulces. Uno de los pasajeros le gritó: “¡Devuélvase a su país!” La chica rompió en llanto y solo atinó a bajarse del automotor. El hecho fue denunciado en redes sociales.

Un éxodo masivo

Según cifras aportadas por la ONU, alrededor de 2 millones y medio de venezolanos han emigrado en los últimos años. La mayoría de ellos se han dispersado en los países suramericanos, en donde ya hay suficientes problemas como para recibirlos con los brazos abiertos. A las graves dificultades internas de varios países de la región, se han sumado esas caravanas interminables que buscan un mejor futuro en lugares que no tienen resuelto su presente.

Aunque los latinoamericanos somos por naturaleza generosos y hospitalarios, en mayor o menor medida, la migración venezolana es algo que está rompiéndole los nervios a todo el mundo. No es el hecho en sí de que provengan de Venezuela. La dificultad estriba en que traen consigo, masivamente, un cúmulo de necesidades que a cualquiera de nuestros países le cuesta atender.

Lo que sobrepasa cualquier intento de solidaridad es lo masivo de la migración. En un solo día han cruzado la frontera entre Venezuela y Colombia más de 50.000 personas. La mayoría de ellos son familias, con niños, sin dinero, con hambre y muchas veces enfermos. Se les ve durmiendo en las calles, o en los terminales de transportes. Se les ve tocando en las puertas para pedir un vaso de agua o mendigar un analgésico. Lo demandante de la situación ha exacerbado el rechazo en muchos.

Los indeseables

Gran parte de los venezolanos que forman parte de este éxodo interminable cruzan las fronteras sin documentos, ni un plan definido en la mente. En varios países se han convertido en vendedores informales, o en mandaderos del mejor postor. Algunas empresas han hecho del problema una oportunidad: los contratan, ilegalmente, y les pagan sumas irrisorias que los inmigrantes aceptan encantados.

También están las pandillas y las mafias locales, que también han captado a un segmento de ese pueblo errante que no encuentra sitio en ningún lugar. Eso ha terminado incrementando el rechazo generalizado a esos inmigrantes. En Brasil, de hecho, han sido atacados violentamente por la propia comunidad.

El fenómeno tiene una proporción similar a la de los grandes éxodos de Europa. Sin embargo, se ha dejado pasar. No afecta severamente a los europeos, ni a los norteamericanos y por eso no se le ha prestado demasiada atención. Sin embargo, la situación está llegando a un límite riesgoso.

Crecen las restricciones y no las soluciones

Primero fue Ecuador y luego Perú. Comenzaron a exigirle pasaporte a los venezolanos para que entraran a su territorio. Es una medida sumamente problemática y, por supuesto, no va a resolver el problema. Primero, va a promover la inmigración ilegal, como nunca antes. Segundo, dejan a Colombia sola, afrontando una grave situación. No se debe olvidar que precisamente es Colombia la que encabeza la lista mundial de desplazamiento forzado interno.

Perú lanzó una alerta sanitaria en la frontera con Ecuador. Michel Temer, el presidente de Brasil, nuevamente hizo algo que le encanta hacer: envió efectivos militares a la zona de frontera. Él entiende todo como un problema que debe manejarse a la fuerza. Al mismo tiempo, los países de la región sostuvieron una reunión y acordaron medidas inútiles, como la de crear una base de datos conjunta y discutir unos principios migratorios básicos.

Se necesita mucho más que eso. Si hay un interés genuinamente humanitario, hay que buscar los caminos para llevar comida y medicinas a Venezuela, en condiciones favorables. Los políticos parecen empeñados en emplear la propia crisis humanitaria como un factor de presión política contra el régimen de Maduro. Podrían estar equivocándose. Podrían estar jugando con el fuego. Nadie se atrevería a predecir con certeza hasta dónde podrían llegar las consecuencias, si continúa esta oleada migratoria de tan alto impacto.

(Fotos: La voz de Galicia, Noticia al día, ACN)

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