Opinión

El aborto, un tema estratégico en la política latinoamericana

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El aborto y lo que algunos llaman “temas de género” se han convertido en un tema estratégico dentro de la política latinoamericana. Tan es así, que varias campañas presidenciales  y varios procesos políticos han terminado definiéndose en ese terreno. Pasó en Colombia con el referendo por la paz. Pasó en Costa Rica en las más recientes elecciones. Sucede ahora mismo en Argentina.

Los sectores más conservadores del continente han obtenido grandes réditos sociales al cerrar filas en contra del aborto. De hecho, han manipulado el discurso para lograr que se imponga una visión religiosa del tema. Intentan posicionarse como los representantes de la moral en una América Latina que sigue siendo mayoritariamente católica. A fe que lo han logrado.

Más allá del contenido que se mueve en  torno al tema del aborto, lo que se ha producido es una confrontación entre las libertades civiles y la teocracia. O entre la libertad de conciencia y la censura religiosa. También, por supuesto, entre el machismo y el feminismo.

Una larga tradición teocrática

La teocracia se impuso en América Latina desde lo que algunos historiadores llaman “la conquista española” y otros denominan “la invasión europea”. Para los recién llegados al continente la evangelización de los nativos era un objetivo fundamental. Era obvio. Si querían ejercer su dominio era absolutamente necesario erradicar las creencias más íntimas de los americanos.

Por eso en los nuevos reinos la iglesia y el Estado siempre iban de la mano. Esto no cambió con el nacimiento de las nuevas repúblicas. La mayoría de las nuevas constituciones se declaraban formalmente como católicas. El clero mantuvo, por mucho tiempo, privilegios que se le negaban a otras confesiones religiosas o a los laicos.

Aunque ha surgido un sector ilustrado que representa el pensamiento agnóstico o ateo, aún en pleno siglo XXI se les sigue viendo como gente sospechosa. Las mayorías populares del continente siguen pensando que moral y religión son lo mismo.

Los sacerdotes y los pastores desde sus púlpitos siguen llamando a rechazar cualquier medida que vaya en contra de su fe. Muchos de esos sacerdotes y pastores también han tenido una activa participación en política.

La tergiversación del tema

Quienes rechazan el aborto han difundido una visión catastrófica en torno al tema. Deliberadamente pasan por alto las implicaciones del asunto en términos de salud pública. Intentan hacer creer que la penalización del aborto evita que este se practique, cuando es perfectamente claro que no es así. Las mujeres siguen abortando, con o sin permiso de ellos.

Como en todos los prohibicionismos de la historia, lo que subyace al tema es el miedo a que la legalización se convierta en “el principio del fin”. Asumen, y dan a entender, que permitir formalmente estas prácticas conducirá a una “degeneración” de la sociedad. De este modo han logrado situar el asunto en un imaginario de “complot”, o “conspiración” contra el bien. Convirtieron en amenaza pública, lo que debería abordarse como lo que es: un tema jurídico y sanitario.

No parece haber buen criterio en quienes se oponen al aborto. Están en todo su derecho de promover sus ideas y persuadir a las personas para que se adhieran a ellas. Lo que no tienen es la potestad para imponérselas a los demás por la vía legal.

Los derechos en pugna

En el fondo del tema lo que hay es una discusión frente a lo que puede considerarse “vida humana”. Para quienes están en contra del aborto, hay vida humana desde el mismo instante de la concepción. Un óvulo fecundado ya es potencialmente una persona y, por lo tanto, tiene derecho a la vida como cualquier otro ser humano.

Entre quienes están a favor del aborto hay al menos dos vertientes. Unos piensan que solo se puede hablar de vida humana en el momento en que el feto está completamente formado, cosa que ocurre alrededor de la semana 16 del embarazo.

Otros piensan que solo se puede hablar de vida humana como tal después del nacimiento. Antes de este, madre e hijo conforman una simbiosis que no le da el estatuto al hijo de un ser independiente.

El punto es que para los juristas el tema es complejo. ¿En qué momento deben reconocerse los derechos de ese nuevo ser? ¿Debe la sociedad, a través de la ley, proteger los derechos de los no nacidos? ¿Deben imperar los derechos del ser en gestación sobre los de su madre, en razón a la condición de vulnerabilidad en la que se encuentra? ¿Debe la mujer acatar la obligación de ser madre, a pesar de que esto atente contra su propio bienestar?

Una cuestión filosófica

Lo cierto es que en términos científicos, la actividad neurológica de un embrión es equivalente a la de muchos animales. Por lo tanto, no se puede hablar de vida humana como tal en esas primeras fases del desarrollo. Sin embargo, los creyentes alegan que la fecundación da origen a un nuevo ser que tiene una información genética diferente a la de sus padres y, por lo tanto, ya se debe considerar un ser con derechos.

Como se ve, la respuesta no está en la biología, en tanto los datos científicos pueden ser interpretados de muchas maneras. La ciencia no puede contestar de manera unívoca a la pregunta por el comienzo de la vida humana. Se trata de una cuestión filosófica que, como todas las cuestiones filosóficas, no tiene una respuesta absoluta.

A lo que sí está obligado el Estado es a generar las condiciones para que cada quien haga una interpretación del tema que esté acorde con sus convicciones, creencias y códigos morales. Despenalizar el aborto no es invitar a todas las mujeres a abortar, ni facilitar el sexo sin responsabilidad. Fundamentalmente implica evitar que los abortos se realicen de manera clandestina, generando un grave riesgo de salud, física y psicológica, para quienes toman esa decisión.

(Fotos: Perfil, Infobae, Santa María Times)

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