Opinión

A 45 años del golpe de Estado: del Chile socialista al Chile neoliberal

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Augusto Pinochet no fue solamente el hombre que pensó y comandó una acción cobarde contra el Presidente constitucionalmente elegido en Chile, en septiembre de 1973. Tampoco fue solo el principal propulsor de una de las dictaduras más feroces del continente. Su gobierno también marcó una nueva forma de pensar la realidad en Chile. Tan es así, que hoy en día muchos le añoran.

El Chile de Salvador Allende fue un experimento fascinante, sin par en el mundo. Era un pueblo el que elegía en las urnas a su presidente socialista en un país latinoamericano y en plena guerra fría. Era ese mismo pueblo el que lo respaldaba y ponía su fuerza y su empeño en mantenerlo en el poder.

Allende se sostuvo haciendo gala de un espíritu implacablemente democrático. Habría podido tomar otros caminos, pero él era un líder coherente que estaba profundamente convencido del poder popular. Se equivocó.

Un cerco para Allende

Salvador Allende implementó un gobierno de estirpe netamente socialista. Nacionalizó el cobre, expropió tierras, estatizó la banca y tomó el control sobre los principales monopolios del país. El concepto de “propiedad privada” se relativizó seriamente. No se prohibió, pero sí se limitó a un punto desconocido para los chilenos. Las medidas afectaron a la gran industria, pero también a los medianos e incluso pequeños propietarios.

La respuesta no se hizo esperar. La guerra contra Allende tomó primero la forma de guerra económica. Quería asfixiarlo, debilitarlo como líder, poner a los sectores populares en contra suya. Por eso en 1972 se realizó la famosa huelga de transportistas. Esta huelga, conocida como el “paro de los patrones”, pretendía agravar una situación que ya era grave. El desabastecimiento de bienes básicos era un fantasma que crecía y la inflación alcanzaba el 225%.

Paralelamente, la gran industria acaparaba los productos de primera necesidad y se abría paso un mercado negro de bienes básicos, que resquebrajaba aún más la economía. Mientras tanto, se incitaba a la protesta contra el gobierno en todos los rincones del país. La respuesta de Allende y de sus seguidores fue el fortalecimiento de los “cordones industriales”.

De los cordones industriales a la precarización laboral

Los cordones industriales estaban conformados por obreros de una misma zona. Llevaron a cabo acciones como la venta directa de los productos de las fábricas en los sectores populares. También tomaron los vehículos de las empresas para contrarrestar los efectos de la huelga de transportistas. Lo suyo era impedir el desabastecimiento de productos de primera necesidad entre los más pobres. Fueron 32 en total. Una de las experiencias colectivistas más interesantes de la historia.

Por supuesto, el golpe de Pinochet desintegró esas organizaciones por completo. Uno de los propósitos de los golpistas era precisamente el de desarticular las organizaciones obreras, núcleo central de la Unidad Popular, el partido de Salvador Allende. Y no se trataba solo de acabar con ellas físicamente, sino también de sustituir ese modelo colectivista por otro que le fuera más favorable al gran capital.

La dictadura desmanteló progresivamente la legislación laboral y las garantías de acceso a la salud y la educación para toda la población. Las medidas de Pinochet, al respecto, siguen más o menos vigentes hasta hoy en día. A cambio, estabilizó la economía chilena. A la fuerza, pero la estabilizó. Los chilenos pagaron con la suspensión de la mayoría de sus derechos civiles y con la precarización laboral. Buena parte de la sociedad chilena piensa que fue un intercambio justo.

El retorno a la democracia y el “fin de la historia”

Hubo un punto en el que la dictadura ya no era necesaria. De hecho, había comenzado a estorbar. Pinochet, en su calidad de poder absoluto, ya se había enriquecido todo lo que se podía enriquecer y el país había vuelto a ser una sociedad en la que cada quien velaba por sus propios intereses. Allende representaba el romanticismo del pasado y la dictadura se veía como un mal necesario que, finalmente, era transitorio.

Del movimiento obrero y sindical de Allende no quedaba nada. A la mayoría no le importaba. Finalmente se había conseguido un orden social estable y una calidad de vida notoriamente mejor que la de la mayoría de los países latinoamericanos. Chile podía darse por bien servido.

El Chile democrático ha vuelto a tener presidentes socialistas. Aún así, no ha logrado reconquistar ese espíritu marcadamente social en el Estado. Han surgido nuevos movimientos, especialmente en el terreno estudiantil, pero su acción no ha conseguido hacer mella en la esencia del modelo Pinochet. El país reconquistó la democracia política, pero persiste en la dictadura económica. Sigue siendo la economía más sólida del continente pero, pese a todo, muestra señales de que se acumulan fuertes tensiones en su ADN.

(Fotos: El Sol de México, Museo de la Memoria, Dinero)

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